Desbalanceado

“Ojalá no fuera yo quién tuviera que decirle estas cosas, pero me temo que no me ha quedado otra alternativa”. No me agradaba dar este tipo de pláticas, pero era necesario y nadie más que yo podía hacerlo en este momento.

“Espero entienda que no es algo fácil para mí y que preferiría mil veces no ser asociado con este tema, que, aunque no tiene nada que ver conmigo a nivel personal, será imposible que usted pueda disociarme de esta idea cada vez que el tema vuelva a apropiarse de alguna conversación en el futuro”. Tampoco me agrada el tener que darles tanta vuelta a las cosas, pero en temas tan delicados como este, se permite preparar el terreno tanto como sea necesario.

“Créame que me gustaría que este fuera un tema que se pudiera simplemente decir y ya, pero es necesario que yo le haga un preludio bastante amplio para que el tema en cuestión no quede suelto o sean incomprendido. Por eso le pido la mayor de sus paciencias en esta ocasión. ¿Le puedo ofrecer un té o un vaso con agua? A mí siempre me ha tranquilizado el beber algo caliente, mantiene mis jugos gástricos bajo control y evita que las agruras se me suban a la garganta. ¿En serio no gusta nada de tomar?” Es sumamente recomendable aceptar bebidas en estos momentos, antes de iniciar una plática importante, de lo contrario la necesidad de beber algo surgirá en el peor momento y el discurso deberá interrumpirse. Tal vez, en una secuencia crítica que altere o retrase el proceso completo.

“Si no gusta beber nada, no insistiré. Entiendo que quiera llegar al grano, pero entiéndame usted que, si lo hago de esa manera, el resultado será desastroso. No, no para mí, como le he dicho yo no tengo nada que ver en este asunto. Lo será para usted, pues su mente tenderá a dar vueltas sobre una misma idea: la más tétrica, que a su vez es la más llamativa, y no encontrará ni la paz ni la calma que le serán tan necesarias en los próximos días y meses, mientras toma las decisiones prudentes para ir poco a poco recuperándose de esta situación. Entiendo que le moleste que me refiera a esto como una situación, no pretendo despersonalizarlo, solo quiero mantenerlo en un terreno tan neutro tanto como me sea posible”. Para siempre, si de mí dependiera.

“Obviamente la he llamado para hablar sobre su hijo Diego, pero eso usted ya lo sabe. No es sobre ninguna banalidad, créame cuando le digo que no disfruto haciéndole perder su tiempo sobre temas que se pueden tratar en un simple email o en un whatsapp. Entiendo que usted es una mujer ocupada y que tiene cosas que hacer, pero es importante que le dedique este tiempo a lo que le voy a decir. Es parte de la cruz que nos toca cargar al ser padres, no podemos priorizar distinto, nuestros hijos absorben toda nuestra atención en ciertos momentos y el mundo debe parar, aunque esto sea imposible”. Y vaya que me gustaría que el mundo se parara para poderme bajar, ¿en qué estaba pensando cuando acepté este puesto como consejero estudiantil?

“Mire, lo primero que necesito que entienda es que todos los niños son diferentes. Yo se que para usted su hijo es único, no lo voy a rebatir, pero eso no es mi punto. Mi punto es que todos son diferentes y la pedagogía no es lo suficientemente amplia y sabia para poder ofrecerle a cada niño una educación acorde a las demandas de nuestra sociedad, sin alterar la esencia inigualable de cada pequeño ser que nos es encomendado. Algunos cambios deberán ocurrir dentro de cada cabecita. Es parte del proceso de adaptación que a todos nos a tocado vivir, por nuestra propia supervivencia. Usted bien sabe que ningún hombre es una isla y que nadie puede realmente evolucionar aislándose de los demás, por más que quiera mantener intacto su ser. Me queda claro que usted quiere lo que sea mejor para su hijo, y por supuesto que entiendo que eso no es fácil para una madre soltera. Soy muy empático con los retos que usted enfrenta, se que es más del doble de trabajo, es una verdadera batalla cada día y se que la mayoría de los días parece que usted está perdiendo la guerra, pero no es así. Su hijo pelea a su lado, no en su contra, aunque no lo parezca el 80% de las veces. Su hijo la adora. No hay amor más puro y leal que el de un hijo a su madre”. Lástima que no pueda decir lo mismo de una hija a su padre o madre o de un hijo a su padre. Las hijas son manipuladoras natas que siempre convertirán a sus padres en sus esclavos. Y los hijos solo pueden desarrollar este sentimiento hacia sus madres cuando el padre está ausente. Este complejo de Edipo es lo que contradictoriamente le da fuerza a esta relación madre – hijo.

“Sería diferente señora, no sería ni mejor ni peor si su esposo no la hubiera abandonado. Solo sería diferente. Claro que usted se sentiría menos sola, aunque eso es relativo. No hay peor soledad que la que se vive a lado de una persona que no nos ama. En ese caso, la incertidumbre pesa mucho más que la misma soledad. Su caso no tiene incertidumbre, usted no cuenta con su esposo para nada, ni para bien ni para mal. Su soledad es certera y puede corregirse. No necesita a un hombre que asuma el rol de padre para Diego, usted es mucho más que suficiente. Además, como le he estado insistiendo, el amor que le profesa su hijo no sería posible si las cosas fueran diferentes. ¡Claro que se parece mucho a usted! Tienen la misma determinación en su mirada y el mismo espíritu incansable, capaz de superar los obstáculos más severos, aunque no estén provistos de las mejores herramientas”. Aunque la vida solo les haya dado una rama rota para abrir cerraduras de alta seguridad.

“El que la mayor parte de las madres de homosexuales sean madres solteras no quiere decir que su hijo sea homosexual. ¿Quién le ha dicho semejante disparate? Eso no lo sabe ni su hijo en este momento. ¿Qué si es algo con lo que se nace? Pues parece que en los casos más marcados de homosexualidad sí es algo netamente genético, pero es tan difícil distinguir algunos tipos de sexualidad que nos aventuraríamos demasiado tratando de predecir las inclinaciones sexuales de Diego. Hasta el momento todo está dentro de los parámetros “normales”, si se pueden llamar de esa manera. No señora, no hay nada que me haga suponer lo contrario”. Nunca he entendido bien el porque las madres tienen tanto miedo de que sus hijos sean homosexuales. No me parece que sea un tema de homofobia, me parece más bien un tema de tristeza. A las madres les provoca una tristeza profunda pensar que sus hijos varones (que son más débiles que sus hijas) puedan llegar a ser manipulados emocionalmente por uno de esos hombres cabrones que destilan testosterona (que las mujeres, ni lo homosexuales, pueden ignorar), y por quienes sufren innecesariamente. No hay nada más difícil en mi trabajo que tratar de desenganchar a una mujercita de un de estos machos alfa. La naturaleza es más poderosa que mis razonamientos.

“Tampoco nadie ha abusado de él. No señora, no lo molestan. Nadie le está haciendo bullying, es un niño sano con amistades sanas. Usted sabe que tenemos cero tolerancias en ese tema. No puedo garantizarle lo del cyber bullying, eso está fuera de los controles que ponemos en la escuela. Pero si puedo decirle que nuestro sistema interactivo de comunicación hace que nos demos cuenta rápidamente de los cambios en la conducta de nuestros alumnos. No señora, no digo que seamos infalibles, solo que nos esforzamos más que otras escuelas. ¿Sabía usted que el índice de suicidios actual indica que un alumno se suicida cada tres años en cada escuela? En esta escuela no hemos tenido un suicido de un alumno en 18 años. Es correcto, desde el caso de los amantes de febrero en el año 2000, no hemos tenido otro suicidio. No señora, yo no trabajaba en la escuela en ese entonces, pero estoy al tanto de todos los expedientes delicados que posee la escuela. No solo por fines científicos, es una forma de aprender a detectar señales tempranas de que algún problema pasa por la cabeza de algún alumno. El que sean grupos chicos nos ayuda, por supuesto. En efecto, también el que hagamos exámenes de admisión tan selectivos lo hace más fácil, estoy de acuerdo. La mayor parte de los riesgos los eliminamos ahí. Y podemos enfocarnos en un grupo selecto de niños inteligentes y de familias estables, como Diego.” Ya quisieran otros niños tener una madre tan hermosa e inteligente como Diego.

“No señora, tampoco es eso. Por favor no me ametralle con tantas preguntas, permítame llevar la conversación por veredas soleadas. Como le he dicho, Diego es un niño inteligente, que mantiene relaciones sanas con sus compañeros. Tiene buenas notas y siempre llega de buen animo a la escuela. Sus maestros opinan que es un alumno participativo y optimista. No es de las calificaciones más altas, pero tiene ese conjunto de cualidades que nosotros atribuimos a los líderes natos. Estoy seguro de que será una persona muy exitosa cuando sea adulto. El tema que nos atañe ha surgido de la manera más inusual, es muy probable que no nos hubiéramos dado cuenta si los eventos no hubieran ocurrido de la manera exacta en la que ocurrieron, pero Diego nos tiene… por decirlo de la forma más concisa, nos tiene desbalanceados.” La falta de balance es algo serio, más de lo que a mayoría de las personas suponen. Cuando le digo a unos padres que su hijo está desbalanceado, ellos suelen soltar un suspiro de alivio, como si fuera algo que se arreglase con un poco de jabón y vitamina C. Sin embargo, el balance es lo más fácil de perder y lo más difícil de recuperar en la vida. No existen estadísticas al respecto, pero puedo asegurar que la falta de equilibrio es la causa de la mayoría de las muertes prematuras. Cualquier enfermedad puede rastrearse hasta una falta de balance (químico, nutricio, emocional, etcétera). Más aún, cualquier mala decisión tiene su origen en una falta de equilibrio, siendo el desequilibrio emocional el más común.

“Nos hemos dado cuenta de que él lleva una doble vida. Sé que suena absurdo, permítame explicarme. Todos los seres humanos tendemos al equilibrio, siempre. Muchas acciones que tomamos en nuestras vidas, por más irracionales y absurdas que parezcan, son intentos por recuperar el equilibrio. Es común que algunas acciones orientadas a generar equilibrio, por el contrario, nos generen más desequilibrio y nos provoquen alejarnos más de nuestro centro. Pongo un ejemplo: usted tiene hambre. Para recuperar su equilibrio, usted debe comer. Cuando no tiene comida, ni dinero para comprar comida, su mente comienza a tomar decisiones para recuperar su balance. Una decisión puede ser robar comida. Robar comida va a eliminar su hambre, pero le va a desequilibrar otra parte de su ser si la detiene la justicia y usted perdiera su libertad. Otra opción, menos extrema, es aguantarse su hambre hasta que llegue a un lugar donde pueda comer libremente (como en su casa). Su mente, sin embargo, consumirá parte de sus reservas para mantener su cuerpo funcionando. Esas reservas energéticas pueden ser tomadas de sus llantitas, lo cual no genera un efecto negativo, o de sus propios músculos, lo cual no es bueno para usted en el largo plazo. ¿Qué determina que su cuerpo tome energía de su grasa o de sus músculos? Su historial hasta ese momento. Si usted ha sido una persona que hace mucho ejercicio, como un maratonista, su cuerpo tomará energía de la poca grasa que tiene almacenada, pues su cuerpo sabe que sus músculos deben estar listos para cuando usted vuelva a correr otro maratón. Si, por el contrario, usted es una persona sedentaria, su cuerpo tomará energía de sus músculos, la cual es más fácil de procesar, porque su cuerpo sabe que usted casi no usa sus músculos. ¿Comprende mi razonamiento? El equilibrio es muy importante y debemos prevenirnos constantemente para no perderlo.  Ahora, en el caso de Diego, lo que me tiene a mi asombrado (y muy desbalanceado), es que él ha tomado una opción muy inusual para balancear emocionalmente su vida. ¡Yo se que es solo un niño de 10 años señora! ¡Créame que no dejó de repetírmelo diario! Por eso me tiene tan intrigado que haya creado una doble vida para mantener el equilibrio. ¡Pues usted señora!, perdone mi franqueza, pero es usted quien le genera a Diego este desequilibrio emocional. No señora, tampoco se ponga triste, no lloré por favor. Aquí tiene, tome todos lo que necesite”. Debería existir alguna promoción para los que compramos tantos pañuelos desechables. La escuela no me acepta que los incluya como parte de los gastos de papelería, pero son como tener clips o grapas, siempre se requieren. Cada ve que alguien va a la tiendita de la esquina, yo no pido café ni refrescos, pido que me compren unos pañuelos desechables.

“¿Ya se siente más tranquila señora?, por favor, no se culpe. No es su culpa. Es una consecuencia normal de ser madre soltera. Todas las madres solteras pasan por lo mismo y todos sus hijos e hijas toman actitudes variadas para contrarrestar la ansiedad que les genera su progenitora. ¡Nadie la esta juzgando señora!, le repito, es algo normal y es algo para lo que en la escuela estamos preparados. Como le he dicho, Diego nos ha sorprendido por la alternativa que él ha tomado para enfrentar este estado emocional. Algunos niños comen en exceso, eso es lo más común. Otros se enfocan en alguna actividad extraescolar, como los deportes o las actividades artísticas. Pero nunca me había tocado un niño que creara una doble vida como contrapeso. ¿Cómo nos hemos dado cuenta? Ya le he dicho que ha sido de la forma más circunstancial. Usted le compró a su hijo una mochila nueva hace apenas un par de semanas. Esa mochila es idéntica a la de uno de sus compañeros. Hace una semana, más o menos, ambos participaron en una cascarita en el jardín de la escuela antes de la hora de la salida, algo inusual provocado por unas maestras que se enfermaron de influenza. Las nuevas reglas les impiden a las maestras enfermas venir a la escuela, y en este caso fueron tanto la titular como la suplente las que cayeron enfermas el mismo día. Como le digo, algo muy inusual. Diego se fue primero, ya que usted pudo llegar antes por él. No se ofenda, pero eso sabemos que tampoco es lo común. Y el compañero de Diego se dio cuenta de que no era su mochila cuando usted y su hijo ya tenían varios minutos de haberse retirado. Ese alumno es relativamente nuevo. No es de los amigos de su hijo y no recordaba su nombre. Vino a la dirección a dejar la mochila de Diego en lugar de dejarla con el prefecto, que es lo usual (¿aprecia usted todo lo que ocurrió diferente ese día?). Y como si no fueran ya demasiadas las circunstancias poco comunes, en ese momento, yo me encontraba en la dirección atendiendo otros temas cuando dejaron la mochila. La directora, que como usted sabe, apenas está cumpliendo un mes en el cargo, me pidió que ayudará a identificar de quien era la mochila, ya que no tenía nombre por ningún lado. Al ser viernes antes del puente, los niños no habían cargado con ningún libro ni cuaderno de tareas. La mochila de Diego solo tenía un suéter y un pequeño diario gris. Este diario describía la vida de un niño de nombre Tengo. No, no del verbo tener. Tengo, parece ser de origen japonés. Lo que estaba descrito en este diario sobre este niño de nombre Tengo no cuadraba con ninguno de los niños que yo conozco de la escuela, y con quienes, como usted sabe, tengo sesiones cada mes. No, no Tengo el niño imaginario, yo tengo sesiones señora. Por la forma en que este niño imaginario se describe a si mismo en el diario, puedo determinar que es un niño triste y asustado, al que lo angustia enormemente estar solo ante el mundo, y que no se siente lo suficientemente fuerte para defender a su madre. No, señora, por favor no vuelva a llorar, no es lo que Diego siente, es lo que Diego expresa fuera de sí a través de este recurso psicológico llamado Tengo. Es una forma muy ingeniosa de expresar los miedos y las angustias sin interiorizarlos. Se lo explico de esta otra manera, Diego le está cargando estos miedos y estas angustias a un niño japonés imaginario, y no deja que lo afecten a él. No existe un término científico para lo que su hijo hace. Lo más similar en lo que puedo pensar es en los niños pobres en la Edad Media, que servían de receptores de los regaños de los maestros de los niños nobles. Cada vez que el niño noble se equivocaba o se negaba a aprender, el maestro descargaba su frustración en el niño pobre, ya que no le podía pegar al niño noble. Algo similar es lo que está haciendo Diego. No está permitiendo que estas emociones entren en él y las está viviendo a través de este niño imaginario llamado Tengo. ¿Qué si creo que Diego está loco? ¡Claro que no señora! Como le he dicho insistentemente, me tiene desbalanceado. Nunca considere posible que un niño pudiera razonar de esta manera algo tan complejo como son las emociones de los adultos. El diario de Tengo es un ensayo sobre como afectan los sentimientos de los adultos en los niños. Me tiene fascinado, sorprendido e intrigado a la vez. No le miento cuando le digo que hasta me provoca cierto miedo. Por momentos he llegado a pensar que estoy frente al trabajo de un sociópata… pero no se alarmé señora, ya he descartado esa posibilidad. Como le he dicho hasta el cansancio, la mente busca formas de recuperar el equilibrio y no siempre son adecuadas. En mi caso, su hijo ha roto un paradigma mío: que es imposible que un niño pueda entender las emociones de un adulto. Su hijo es la prueba de que ese paradigma es falso. Inclusive, su hijo puede ser la clave para que descubramos nuevas formas de tratar esas emociones en los niños. No me quiero alejar del tema, pero usted debería considerar seriamente el que se publique el diario de Tengo para fines científicos”. Una oportunidad como esta no se presenta a diario, definitivamente no.

“Pero antes de eso, debemos iniciar una terapia conjunta. Usted, su hijo y yo. Principalmente usted debe aprender a reducir su nivel de estrés y a angustiarse menos por cosas que están fuera de su control. Hacer la terapia junto con su hijo, la ayudara a avanzar más rápido. Y de paso, lograremos que Diego dejé de tener la necesidad de escribir su diario. Él no sabe que yo he leído su diario. Dejamos su mochila en la prefectura, y Diego la recuperó intacta al regresar a la escuela. ¿Usted no se dio cuenta? No se culpe, es algo de lo más normal. Le puede pasar a cualquiera que tiene varios pendientes en la cabeza. Ahora que he podido expresarme ampliamente sobre su hijo, ¿le parece que agendemos la primera terapia para el próximo jueves? ¿viernes le queda mejor? Excelente, nos vemos el próximo viernes a las 2 de la tarde, justo cuando su hijo termina clases. Tengan un excelente día y gracias por dedicarle este tiempo a su hijo”. Y a mí, no sabe cuando agradezco su presencia señora hermosa.


Se despertó con un sabor a sangre y pasto en su boca. Su cabeza le retumbaba, como si un tren fuera a atravesarle la sien derecha. Su mandíbula se sentía extraña, como si sus dientes inferiores se encontraran todos fuera de lugar. Trató de hablar, pero el dolor se agudizó aún más. Su mirada borrosa solo distinguía algunos restos de pastos verde, recién cortado, entre las losetas de color gris. Estaba tirado en el piso, en una posición extraña. Su cabeza viendo hacia la derecha y su cadera girada hacia la izquierda. Estaba amarrado a una silla que ahora se sentaba sobre él en lugar de que él se sentará sobre ella.

Los oídos le zumbaban. Entre distorsiones, distinguió su voz. Aunque estaba gritando, a él le parecía que la voz venía de una estación de AM: “Al no poder hablar, no hay forma que puedas librarte esta vez, hijo de la chingada”.

Recordó entonces dónde estaba. Eran los vestidores del equipo de fútbol. Había llegado ahí en la mañana, pero la luz que se colaba por la habitación indicaba que comenzaba a anochecer. ¿Cuántas horas habrían pasado ya? ¿Cuántas horas llevaría inconsciente?

Hubo otra cosa de la que se pudo percatar. No escuchaba a su ego. Simplemente había dejado de hablar. Esa voz insistente que siempre se colaba entre sus pensamientos, ya no estaba. Alguien había logrado callar a la loca de la azotea. Bueno, no alguien, él sabía muy bien quién lo había logrado.

“No vas a ver la luz de un nuevo día, disfruta lo que te queda de este”, le dijo mientras lo levantaba del piso y lo volvía a sentar sobre la silla.

No sentía sus manos, estaban dormidas por lo apretado de los lazos que las sujetaban detrás de su espalda. También le dolían los tobillos. Pero sobre todo le dolía la cara. Su quijada colgaba asimétrica y su saliva mezclada con sangre brotaba por entre sus labios abiertos en diagonal.

No podía levantar la mirada. Sus ojos se fijaron en el tenis derecho de Diego. El talón tenía rastros de sangre. Su sangre. Diego debió de haberlo pateado haciendo una de esas patadas invertidas que le habían enseñado en Tae Kwon Do. Pensar que él le había regalado esos tenis, y que él había insistido en que Diego tomara clases de artes marciales. Es irónica la forma en que la vida nos presenta las consecuencias de nuestras decisiones.

De joven había visto como un vaquero mataba a un burro de un golpe certero en la sien, en uno de esos ranchos de comunidades extranjeras. El vaquero se había roto todos los huesos de la mano, pero había ganado la apuesta. El creía que los hijos de esas comunidades inmigrantes presentaban síntomas de psicosis debido a la consanguineidad que existía entre sus progenitores y que por eso hacían esas locuras.

Ahora que veía a Diego, convertido en un musculoso futbolista de apenas diecisiete años, sabía que la psicosis es más perniciosa y más brutal en aquellos individuos que la han ocultado mejor.

Cuanto se había equivocado con él. Todo por culpa de su inflado ego. No le basto publicar el Diario de Tengo, también se había enredado emocionalmente con la Mamá de Diego y ahora pretendía convertirse en tutor del niño de oro del Colegio Franklin. En la mañana había acudido al estadio con una oferta del América para comprar la ficha de Diego. ¿Por qué no podía recordar nada más?

Con una patada, Diego había borrado varias horas de su vida. Con otra, iba a borrar su memoria permanentemente.

Era su culpa. Cuanto se había equivocado. Pensó que podría tentar al león y contenerlo dentro de una jaula. Cuántas malas decisiones había tomado buscando balancear su vida.

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