La palabra más bella

Era una tarde de otoño, con un cielo arrebol, cuando escuche una melodía meliflua que provenía de la parte posterior del automotor.

Mientras buscaba la fuente que me había arrebatado de mi embelesamiento, ocurrió la serendipia de verla a ella, proyectando esa irisdiscencia que es propia de las mujeres jóvenes que aún no se escaldan con la sal de la desilusión.

Mi atención entró en estado de limerencia, haciéndome inefable expresar lo que en otros momentos puedo expresar elocuentemente.

Pero el amor es efímero, aunque nos parezca inmarcesible. El lapso terminó cuando ella se removió un auricular y le dijo a su acompañante:

“¡Ahuelitaaaa!… soy tu nieetaaaaahhh…”

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