Los Amantes de la Hoja Verde

“¡Sí!… ¡Ahí!… ¡Ay sí!… ¡Ah! ¡Ah!… ¡No te detengas, amor… no te detengas!…”

La luna llena se escondía detrás de las palmeras, acompañada de un cielo estrellado y una agradable brisa tropical. El clima no podía ser más perfecto.

Una enorme cama King Size con sábanas de un blanco absoluto, que se veían perladas por las sombras de los helechos, había sido colocada a la mitad de la selva, cerca de un pequeño arroyo que corría suavemente. Por momentos, se podía distinguir el aroma a canela, proveniente tal vez de algún incienso oculto a la vista.

Antonia no era capaz de imaginar un ambiente más afrodisíaco. Había llegado aquí siguiendo un camino de pequeños tablones colocados sobre la arena, de la mano de Diego.

Tantos años de duro esfuerzo, juntas, tráfico, gritos, grilla, smog, jefes insoportables y noches continuas de insomnio, habían valido la pena para este momento. Antonia se sentía bendecida y afortunada, irradiaba alegría por cada poro de su cuerpo. Hasta su piel se sentía mucho más tersa.

Diego compartía con ella miradas de complicidad. La sujetaba de forma suave pero firme, como si nunca quisiera alejarse de su lado. Mucho habían tenido que esperar los dos, mucho habían tenido que sufrir y frustrarse para poder realmente disfrutar este momento. Hubo muchas ocasiones en el pasado, en el que ambos pensaron que esto no se lograría, pero persistieron, aunque otros los llamaran tontos o, lo que es peor, ilusos; ellos persistieron y ahora podían demostrarles que se habían equivocado.

¡Cómo le hubiera gustado a Antonia tomarse una selfie y publicarla en su Instagram!, no dejaba de pensar en los hashtags: #comocuandotuamorsabeloquetegusta #heavenonearth #elprimerdiadelrestodenuestrasvidas #mueransedeenvidia… bueno, a lo mejor ese último no… no es necesario embarrarselos en la cara, con la imagen sería suficiente. Pero no traía su celular, los aparatos electrónicos están prohibidos en este paraíso.

— No te preocupes amor — le había dicho Diego — en el lugar tienen cámaras eco-friendly escondidas entre las palmeras. Además de fotos, nos van a entregar un vídeo y podrás publicarlo en todas tus redes… si eso es lo que deseas — una sonrisa traviesa acompañó a esta ultima frase.

Unas mimosas de frutos rojos los recibieron en este pequeño claro. Bebieron de sus copas, mientras Antonia seguía recorriendo el lugar con su mirada.

— Hay algo que nunca te dije honey –, Antonia pronunciaba estas palabra mientras mantenía la mirada baja, — agradezco infinitamente que estés aquí conmigo, y no con alguna, o algunas, de las otras millones de alternativas que tenías a tu alcance — su voz se había cortado un poco al final.

— No podía ser de otra manera — le reafirmó Diego, mientras su mano quitaba los cabellos que caían sobre el rostro de Antonia — Tú eres la única persona con quién quiero estar siempre –.

Se dieron un beso apasionado, con sabor a champagne y raspberry.

Ambos se recostaron en la cama y observaron las estrellas. — Me encanta este lugar — dijo Antonia — es justo como me lo había imaginado –.

— Es perfecto –, Diego se giró para tocar delicadamente la oreja de Antonia con su dedo índice — como tú –, se acercó para besarla en la mejilla. Antonia trató de besarlo en la boca, pero Diego esquivó su boca y continuo besándole la cara. Le besó los párpados, las cejas, la nariz, el mentón, varias zonas de la mejilla. La besaba suavemente, apenas tocándola con sus labios.

Su mano derecha comenzó a deslizarle los tirantes de los hombros y a descubrirle los senos. Antonia permaneció acostada, mientras su mano se enlazaba con los cabellos suaves de la nuca de Diego, liberando sus feromonas masculinas y haciéndola entrar sigilosamente en un aterciopelado trance.

Antonia rompió todas sus barreras por primera vez en su vida. No existió placer prohibido que no probará ni célula de su piel que no acariciará al miembro palpitante de Diego.

Descubrió su clímax después de los primeros tres orgasmos y su mente se conectó por un instante con la sabiduría eterna del universo, con la mirada apacible de Buda, que observa nuestro inútil sufrimiento.

Y por primera vez en su vida, se sintió completa.

Cayó rendida sobre la cama, mientras su agitada respiración resoplaba y su mente parecía vagar fuera de la realidad, en un viaje opiáceo. Colocó ambas manos en sus sienes y cerró los ojos, tratando de regresar a su centro.

Cuando abrió los ojos, el cielo estrellado había desaparecido. También las palmeras, los helechos, el arroyo, el aroma a incienso y la brisa marina. La cama ya no era de un blanco perlado absoluto, ni Diego era Diego, ya no más.

El tiempo se había acabado y el fin no se había logrado.

–¿No se suponía que yo ya debería de estar muerta?– dijo Antonia, tratando de ocultar su frustración.

— Sí — dijó él — Pero a veces el sistema falla y las estrictas políticas de ahorro de energía de la Hoja no nos dejan margen de maniobra. Lo siento, nuestro compromiso de calidad es que todo ocurra de manera perfecta, como ocurría en época de nuestros abuelos en Disney, pero la Hoja es peor que un dictador, y es imposible lograrlo siempre –.

— ¿Te dejan decir eso? — preguntó Antonia, preocupada.

— No, no me dejan, pero todos somos valientes cuando se va la energía y nadie nos vigila — era un hombre mayor, de unos cincuenta años. Antonia creía que todos los actores eran jóvenes de apenas veinte.

— ¿Qué ocurre ahora? — preguntó Antonia.

Él guardo un incomodo silencio, Antonia pensó que tal vez no había escuchado sus palabras.

— ¿Qué ocurre ahora? — insistió ella, sacudiéndolo del hombro.

Él se frotó las manos e inhalo una buena bocanada de aire antes de contestar — Nada agradable, lo siento –.

— ¿Cómo que nada agradable? — respingó ella — ¡Gasté todos los ahorros de mi vida para tener un final memorable y ahora me salen con esto! — al enojarse, salpicaba saliva al hablar — ¡Quiero un reembolso y qué me mejoren la experiencia! — sus ojos se encontraban un poco fuera de órbita — ¡Quiero que me den un upgrade a primera clase bitches! –.

— Mientras que no regrese la energía, puedes gritar todo lo que quieras, nadie más que yo puede escucharte — él tenía una mirada cansada y se sobaba el hombro izquierdo, como si se hubiera lastimado actuando.

— ¡Tú eres parte de esta empresa! — gritó ella, mientras lo señalaba con su dedo — ¡Tú debes encargarte de que mi experiencia sea 100% excellent! —

— Eso es un eslogan que ya no podemos cumplir, no desde que la Hoja restringe nuestros insumos y nos obliga a aumentar nuestro indice de jubilaciones — él se había acostado de nuevo en esa cama gris que parecía de hospital. — Tengo que dormir un poco, antes de mi siguiente puesta en escena, si no te molesta. Te recomiendo que hagas lo mismo, será mejor si te encuentran dormida —

— ¿¡Si me encuentra quién!? ¿¡Qué será mejor!? — gritaba Antonia, con todo el poder de sus pulmones.

— Los limpiadores. Será mejor si los limpiadores te encuentran dormida. — dijo él, ya medio dormido.

— ¿¡Cuáles limpiadores!? ¿¡De qué estas hablando!? — pero Antonia ya no obtuvo respuesta.

Se sentó en una esquina del frío cuarto. Las paredes eran de concreto gris pulido y solo se apreciaba la cama al centro de la habitación y un pequeño foco de emergencia que iluminaba pobremente la cama, dejando en sombras el resto del espacio.

Se cubrió la cara con sus manos y comenzó a llorar. Recordó cuando de joven había apoyado el movimiento de la Hoja Verde; era lo más sensato y lo que la mayoría apoyaba en el momento. Alguien tenía que rescatar al planeta de la plaga que somos los seres humanos y la Hoja Verde tenía un plan claro al respecto.

Diego no estaba de acuerdo. Antonia trató inútilmente de convencerlo, pero era necio… necio y capitalista, y ella solo tenía veinte años, ¿qué mas podía hacer ella que amarlo y rezar por que el viera la luz?

Pero eso no pasó, la Hoja Verde ganó la elecciones y Diego abandonó el país, sin que Antonia volviera nunca a saber de él. A veces soñaba que se lo volvía a encontrar en una playa lejana y que él la abrazaba y era feliz y le decía “¡Cuánta razón tenías Antonia! ¡Perdóname por ser tan ciego y necio!” y ella lo perdonaba y hacían el amor, como hacía tantos años, cuando perdieron sus virginidades juntos.

Cuando llego el tiempo de su jubilación, Antonia sabía exactamente lo que quería y sus ahorros fueron suficientes para recrear ese reencuentro, aunque en el fondo ella supiera que Diego no fuera Diego y que los humanos tienen prohibido acercarse a las playas o a las selvas o a la naturaleza, y que esos resorts exóticos dejaron de existir desde la época de sus padres.

Sus lágrimas escurrían por su cuerpo desnudo, lastimado por la falta de sol y de ejercicio al aire libre. Su llanto era amargo, como el de una madre que acaba de perder a su único hijo, aunque Antonia y todas las mujeres de su generación hubieran sido esterilizadas por la Hoja Verde, y nunca van a saber lo que eso realmente significa.

— No puedo hacer mucho, pero puedo abrazarte en lo que ellos llegan — el actor se hallaba de pie frente a ella.

Ella trató de contener su llanto y se limpió los mocos con el dorso de su mano. Accedió asentando varias veces la cabeza. El actor tenía una temperatura corporal agradable y Antonia pudo sentir su verdadero calor. Se acurrucó con él, dándole la espalda y abrazando sus brazos sobre sus senos.

Por un momento se sintió segura y dejó de pensar en lo mucho que se había equivocado.

Por un momento, recuperó su humanidad.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s