Santo/Demon

“Pase por favor, el maestro Jen LaFleur estará en un momento con usted”

“Gracias”, contesté cortesmente a la asistente de LaFleur.

Tomé asiento en uno de los dos sillones Le Corbusier que miraban de frente al sillón donde se sentaría LeFleur, un sillón lounge Charles Eames. La oficina olía a Cedro, y varios de los muebles daban la impresión de ser vintage, pero yo se bien que todos son nuevos, incluido el enorme escritorio de roble con su librero empotrado a la pared, que parecían más propios de un notario que de un mercadólogo.

Pero así era Jen LaFleur, o debía decir, el hombre que se hacía llamar Jen LaFleur.

“Buenas tardes” contestó al entrar en el privado. Vestía unos ajustados pantalones azul marino que le dejaban mostrar los tobillos. Calzaba unos mocasines caqui sin calcetines, una camisa azul cielo con una corbata lisa del mismo color que el pantalón, y un saco blanco con unas cuantos pares de líneas verticales (una azul y una roja). En la bolsa del saco llevaba un pañuelo de la misma tela que la corbata y un cinturón de tela que repetía los colores del atuendo. Sabía que los colores eran de El Ganso y podría jurar que el conjunto era tal cual como se mostraba en alguna de las colecciones de primavera.

Su corte de pelo y su barba seguía su característico estilo millenial. Le decían maestro, aunque apenas tenía 23 años. En un lapso de apenas diez años, época que puedo clasificar como su adolescencia, Jen había crecido de un chico que hacía comerciales en la incipiente YouTube a ser dueño de la agencia de marketing más admirada de nuestra época. Su creatividad, mezclada con una forma totalmente diferente de hacer publicidad, le habían permitido ganarle una gran cantidad de cuentas a competidores de más renombre.

La semana pasada se había anunciado un Joint Venture entre la agencia internacional Saatchi & Saatchi y Santo/Demon. En este acuerdo, Santo/Demon tomaba la operación de todo Latinoamérica. Era la noticia de negocios del año, tal vez de la década. Todos los editores de todas las revistas de negocio querían a Jen LeFleur en su portada.

Mi editor en jefe no era la excepción.

Pamela cubría a las personalidades top. El provenir de una familia adinerada, con casa de verano en Valle de Bravo y yate estacionado en Marina del Rey, le facilitaba empatizar con gente chic. Pero Pamela se encontraba en su semana 34 de embarazo y ya no podía atender a estas figuras públicas.

Yo me especializaba en hacer reportajes sobre empresarios más tímidos, con menos exposure, que se ponían nerviosos frente a un micrófono. Jen no es el tipo de persona que me gusta entrevistar.

“Gracias por concedernos esta entrevista. De parte de mi editor en jefe: gracias por abrirnos tan pronto un espacio en su apretada agenda” me fue imposible no sonar acartonado.

“Si vamos a hablar de Jen, por favor háblame de tú” dijo, mientras me mostraba una sonrisa educada y entrenada.

“¿Hablar de Jen?” dije extrañado, “¿por qué te refieres a ti mismo en tercera persona?”

“Porque yo no soy Jen” acariciaba su barba al hablar. “Al menos no todo el tiempo”.

“Creo que no te entiendo, ¿eres un doble de Jen?”. Jen no sería el primero en usar un doble de cuerpo y no me extrañaría en que me hubiera mandado a su doble a la entrevista. Esas faltas de respeto son comunes.

“No soy un actor disfrazado de Jen, si a eso te refieres”, su impecable y falsa sonrisa se mantenía impávida. “Jen y yo compartimos un mismo cuerpo. Somos dos mentes expresándose por turnos a través de la misma presencia física.”

Wacko!, pensé mientras sus palabras se asentaban en mi cabeza. “Dos mentes en un mismo cuerpo” repetí, mostrando mi escepticismo.

“No es nada peculiar. Si lo piensas a detalle, todos tenemos al menos dos voces hablando dentro de nuestra cabeza: al angelito y al diablito. En mi caso, solo le he dado libertad a cada voz para que hablen sin filtros al mundo externo. Yo soy la razón, Jen es la emoción”. La expresión de su rostro no cambiaba con sus palabras, parecía que su cara también estaba desconectada de su boca.

“¿El angelito y el diablito?” dije mientras alzaba un brochure de su agencia “¿Cómo en el nombre de tu agencia: Santo/Demon?”.

“Así es”, no mostró más asombro, “El nombre Santo/Demon refleja la dualidad que vivimos todos, y que yo he expresado más abiertamente en mi persona y en mi trabajo” hizo una pausa, se levantó del sillón y sacó una botella de agua mineral Veen de su escritorio de lo que me pareció ser un frigo bar oculto. O eso me imaginé por el sonido que hizo la compuerta.

Bebió directo de la botella y se volvió a acomodar en el sillón. Sobra decir que no me ofreció de su lujosa agua mineral. “Muchas persons creen que mi éxito se debe a que me subí oportunamente a la nueva ola de publicidad por YouTube. Eso no ha sido más que un conducto, la tubería que transporta y contiene mi creatividad. Si no hubiera existido YouTube, yo de cualquier forma hubiera tenido éxito. Mi trabajo refleja una visión innovadora porque he aceptado y proyectado esta dualidad que todos los demás seres humanos ocultan”. Su sonrisa seguía presente, idéntica. Me preguntaba por cuánto tiempo más podría mantenerla.

“Y si tu no eres Jen, entonces ¿quién eres?”, pregunté.

“Juan Flores”

No pude evitar soltar el principio de una carcajada. “Perdona… ¿es broma?”

“No” su expresión seguía sin cambio.

“Discúlpame, no era algo que me esperaba”. Trate de recuperar la compostura, sentía que Jen estaba jugando conmigo. “Entonces… Juan… ¿tú y Jen siempre han existido dentro del mismo cuerpo”.

“Sí, aunque al principio nos expresábamos a través de un filtro que yo controlaba” su  sonrisa empezaba ya a mostrar un dejo de cansancio.

“¿Quieres decir que al principio solo te llamabas Juan Flores?”

“Sí, ese es el nombre que me pusieron mis padres”, dio otro trago a su agua mineral “Jen escogió su propio nombre”

“Pues Jen escogió un nombre muy parecido al tuyo” no pude evitar el tono sarcástico.

“Sí, quería que su nombre pudiera asociarse al mío, al fin y al cabo vamos a estar juntos mientras este cuerpo viva” su sonrisa había recuperado fuerza y volvía a su posición inicial.

“¿Tu y Jen tienen los mismos hobbies? ¿los mismos gustos? ¿Cómo le hacen cuando a uno le gusta una chica y al otro no?” esas preguntas me surgieron del alma, no las pude reprimir.

“No tenemos los mismos hobbies ni los mismos gustos. Jen escoge la ropa con la que nos vestimos, la decoración del despacho y del loft. Yo le autorizo el presupuesto, le cuestiono el costo de las cosas y negocio cuando es necesario negociar” volvió a darle un trago al agua mineral. “Por ejemplo, a Jen no le gusta el agua mineral, el prefiere tomar café o vino. Pero Jen escoge la marca de agua mineral más adecuada para nosotros, y en mi turno, yo disfruto de las cosas que me gustan”.

“¿Y las chicas?” insistí.

“Tenemos gustos diferentes, los complacemos por turnos”. Su sonrisa era más impenetrable en este momento. “Tenemos el acuerdo de no hacer compromisos sentimentales con nadie. En este momento, nuestro único compromiso es con Santo/Demon”.

“Como definen los turnos” pregunté intrigado.

“Mediante una agenda, en función a necesidades y retos” su sonrisa me hacía pensar que estaba hablando con un robot inhabilitado para mostrar gestos humanos. “Para algunas reuniones o eventos, es mejor que Jen tome el control y que yo lo asesore detrás de bambalinas. En otras ocasiones es mejor que lo hagamos al revés. En esos casos Jen se despega de este mundo material y dedica ese tiempo a temas creativos”.

“Suena a que tú trabajas más que Jen”

“No, ambos trabajamos bastante y descansamos igual”. Se llevó la mano a la boca para tapar un eructo contenido y disimulado. “No niego que a veces no estamos de acuerdo. El quiere seguir de juerga mientras yo quiero dormir, pero al final hacemos lo que es mejor para nuestro desempeño profesional. Jen es el mejor socio que puedo tener”.

“¿Jen es la figura pública por qué es lo mejor para el desempeño profesional de ambos?”

“Sí, la mayoría de las personas se relacionan mejor con una persona emocional. Además, Jen tiene un talento natural para el PR“. Su sonrisa me seguía molestando.

“Y ¿por qué estás tú y no Jen atendiendo esta entrevista?”

“Porque tú eres una persona racional”. ¿Sonrisa?… ¡Presente maestra! “Si hubiera venido Pamela, Jen estaría a cargo”.

“¿Y no les molesta que yo vaya a publicar sobre su doble personalidad?”, pregunté extrañado.

“No vas a publicar nada sobre nuestra dualidad” sentenció Juan, sonrisa de por medio. “Te he dado el preámbulo para que puedas entender mejor a nuestra empresa, pero no tienes nuestra autorización para publicar nada de lo que hemos hablado hasta este momento. Tienes 5 minutos para hacer las preguntas que tienes preparadas” y señalo mis papeles.

“No puedes evitarlo” amenace.

“Si puedo, a menos que quieras tirar por la borda tus 15 años de trabajo y tu reputación en el medio” su amenaza fue secundada por su sonrisa. “Dile a tu editor que me envié sus preguntas por correo y se las contestaré. Tú tiempo se ha terminado”.

Se me subieron los colores al rostro y me trabé. No estaba en posición de arriesgar mi trabajo, menos con la hipoteca encima. Mi esposa me divorciaría si lo hiciera, y se llevaría a los niños.

Tomé mis cosas, me levanté y me dirigí a la puerta. Juan me siguió con la mirada, sonriendo.

En la puerta me giré. “¿Por qué me has estado sonriendo todo el tiempo? ¿Te estás burlando de mí?”

“Yo no te estoy sonriendo, es Jen”. La sonrisa se amplió por primera vez. “Parece que le gustas”.

https://www.periodicolahora.com/Policia/Colaborador-de-Santo-Demon-es-principal-sospechoso-del-asesinato-del-joven-empresario-Jen-LaFleur

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