Notas del Diario: Pro-cast-innovación (18/Oct/2018)

He llevado la procrastinación a un nuevo nivel: sigo aplazando el escribir mi novela por seguir escribiendo. “Entonces no está tan mal”, diría cualquiera, “necesitas escribir y escribes. Eso no es procrastinar”. En cierta manera sí… y no.

Debido a la rebeldía de mi mente ante la urgencia por terminar mi novela (que lleva el mismo 20% de avance desde hace tres meses, que me hice del tiempo para escribir), escribo, solo que escribo cosas que no tiene nada que ver con mi novela… como cuentos cortos.

Explosiones temporales de placer que requieren poca edición y que se publican sin más esfuerzo. Es como masturbarse en lugar de tomar un baño y salir a cortejar a una mujer para tener sexo. Contradictoriamente, a mi edad ocurre que ya no disfruto masturbarme; por el contrario, anhelo todo el proceso de seducir a una mujer más de lo que anhelo tener sexo con ella (por supuesto que lo espero, solo que no quiero que ocurra demasiado pronto).

Es como le pasa a Alan Clay, el personaje principal de “Un holograma para el rey” (interpretado por Tom Hanks), quién, al estar de viaje de negocios en Saudí Arabia, rechaza a la atractiva ejecutiva danesa porque está salta demasiado rápido a la acción, y prefiere a la intrigante doctora saudí, a pesar de todas las limitantes culturales y legales que esta relación conlleva.

No entiendo entonces como, cuando de escribir se trata, soy un prosaico que rinde sus escasos talentos a los placeres fútiles de los blogs y los cinco <<me gusta>>. Aclaro, no desprecio las maravillas del mundo moderno, ni a esos cinco likes que vienen de lugares lejanos (hace apenas veinte años era iluso pensar que cinco personas de diferentes países iban a tener acceso a los divagaciones de un pseudo-escritor). El punto es que mi novela ha caído presa de las distracciones de la actualidad, y a mí me ha faltado disciplina para contener mi vicio por el “reconocimiento inmediato”.

Por lo que parece, esto no es un problema nuevo ni exclusivo de mi persona. Existe un boom de turismo de reclusión, o como sea que se le nombre a la acción de encerrarse temporalmente en un monasterio benedictino (desconozco si es posible hacer retiro en los monasterios de alguna otra orden, pero los benedictinos son los más famosos y quienes tienen mejor organizado esta actividad). Se puede pasar desde unos cuantos días, hasta hacer contratos de tres años de servicio, a cambio de paz y tranquilidad. ¿Cuántas novelas sería capaz de escribir si contara con tres años de aislamiento?

No tengo idea, tal vez ninguna; a estas alturas todavía no se si solo es un hobby o si es algo de lo que puedo vivir en el futuro. Lo cierto es que en estos tres meses, mi novela ha perdido texto en vez de ganarlo. He aprendido sobre escritura, gracias a un curso en el que me he inscrito via online, y ese curso a la vez me ha obligado a aprender a mecanografiar, cosa que creía imposible (y en apenas tres semanas).

¡Ah, qué mierda!, ya logrado el desahogo, a seguirle que la casa pierde.

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