Crisanto Magdaleno

Conocí a Crisanto cuando yo tenía apenas tres años de edad; el mismo día que lo asesinaron.

Han sido los años y la epilepsia, los que me han ayudado a revivir ese veintitrés de julio de mil novecientos setenta y ocho. En cada ataque, mi mente viaja a ese caluroso día en San Juan de los Lagos.

Veo de frente la iglesia de Nuestra Señora de de los Milagros, mientras avanzo sentado en los hombros de mi padre. Me llega el olor a elote cocido y queso fresco que sale de los puestos de esquites, mezclado con el hedor a sudor y a tierra negra que desprenden los campesinos. Toda la gente se comprime, como si de entrar a la iglesia dependiera su vida; mi mamá y mi abuela no son la excepción, y pronto las pierdo de vista entre tantas cabezas.

Mi padre está engentado y busca un recoveco donde la gente no nos empuje. En el atrio, me coloca sobre el muro de piedra que limita el territorio de la iglesia con la banqueta. Me sujeto de los barrotes que tiene formas curvas, siguiendo dibujos de flores. Desde ahí espió a los feligreses, y veo sus rostros ansiosos, desesperados, como si la salvación del Cielo estuviera presente en ese lugar y esta fuera su única oportunidad de conseguirla.

Desde mi posición, puedo ver la valla humana por la que Crisanto entrará a la iglesia, acompañado de séquito de siete niños rubios, de pelos relamidos y caras chapeadas. Todos menos uno, un niño más alto y moreno, de facciones toscas; inexpresivo, a diferencia de sus sonrientes compañeros. Todos vestidos de monaguillos, y encabezando la procesión que descendía de una suburban negra de vidrios polarizados. Crisanto era un hombre mediano, de barba espesa y cabello escaso, lo que yo llamo un “güero de rancho”; y si no fuera por la indumentaria religiosa, lo confundiría con un menonita. O tal vez no, ya que su presencia irradiaba como un espejo de plata pura en lo alto de los cerros.

Los jóvenes que formaban la valla humana hacían un enorme esfuerzo por contener a todos los asistentes que deseaban tocarlo, pero esto a él no parecía importarle. Caminaba despacio, sonriendo y saludando hacia todas direcciones. Cuando entró a la iglesia, los presentes ocuparon todos los espacios vacíos cerca de la puerta. Mi padre se impacientó y me pidió que soltara la reja, para que nos alejáramos de ahí. –Pero, ¿Mamá y Abu? –, le pregunté, en parte porque quería seguir mirando. Luego, comenzó a discutir con unos devotos que lo estaban empujando contra la barda –¡Basta, carajo!, qué no ven que ya no cabemos más, ¡dejen de empujar!

En eso se oyeron los cohetes, varios de ellos y de forma repetida. Mire al cielo, pero no vi ningún fuego artificial. La gente que antes había querido con tantos deseos entrar a la iglesia, ahora huía en la dirección opuesta. Mi padre, al que antes empujaban contra la barda, ahora lo arrastraban fuera del patio, mientras el gritaba mi nombre.

–¡Papá! — grité, mientras lo perdía de vista entre la multitud. Sendos lagrimones brotaron de mis ojos al sentirme sólo. Con pánico me aferré a la herrería, mientras las personas corrían como hormigas agitadas por todos lados. De la iglesia, vi salir a Crisanto.

Corría, seguido de sus monaguillos con sus caras de terror. Todos, menos el moreno, que corría sin mostrar ningún sentimiento. Algunos cayeron, al ser alcanzados por las balas, otros alcanzaron a subir a la suburban, que hizo un intento por huir, pero que fue frenada por tres camionetas de redilas, cargadas con personas armadas. La suburban  explotó de salpullido con cada bala que la alcanzaba. Por dentro se manchó de rojo, no era posible saber si alguien había sobrevivido.

Ahí terminaba mi recuerdo, justo ahí. Nadie en mi familia quería hablar de ese día y nadie quería escuchar las memorias que la enfermedad me había regresado. –Son imaginaciones tuyas– me dijo alguna vez mi padre, –nunca fuimos a ver al tal Crisanto, menos a San Juan de los Lagos. Tu mente lo ha de haber inventado ese alucinación de alguna noticia que viste de niño; eras muy impresionable en ese entonces.

Crisanto hacía milagros. Curaba enfermos, disolvía envidias, acarreaba la buena fortuna y el perdón divino. Por todos los lugares que pasaba, dejaba su rastro milagroso y su fama se acrecentaba. Había aquellos que decían que hasta el presidente fue a buscarlo a Jalostotitlán para que le curara la columna vertebral.

El verdadero nombre de Crisanto era José de Jesús Padilla Ríos y había nacido en Acámbaro, Guanajuato, el 30 de abril de 1945, justo cuando estaba por terminarse la Segunda Guerra Mundial. Desde muy niño, tuvo vocación para el sacerdocio; era el monaguillo oficial de la iglesia del pueblo y seguido leía las lecturas según San Pablo en misa. Varios feligreses se admiraban de su buena dicción y del sentimiento que profesaban sus palabras. Apenas tuvo edad, se inscribió en el seminario y se recibió como clérigo con la orden de los jesuitas.

Atendió varias iglesias alrededor de la frontera entre Jalisco y Zacatecas, dónde se dio a conocer por ser un párroco diligente y dispuesto. Pero, su verdadero llamado llegaría durante una misión a la Sierra de Chihuahua, en la zona de los asentamientos Raramuris. Sus devotos cuentan que el duro invierno trajo varias tormentas de nieve que dejaron aislada a la comunidad donde estaba profesando. El Padre Padilla, develándose al igual que lo hiciera Jesús en las bodas de Caná, convirtió las piñas de los pinos en mazorcas dulces.

La Diócesis, intrigada ante estos sucesos, mandó traer al Padre Padilla a Guadalajara. Aunque estos actos divinos siempre ayudaban a incrementar la fe de los creyentes, muy seguido se salían de control. La reacción de la iglesia era generalmente la misma, recluir en un convento a la persona que había transmitido dicha gracia sobrenatural hasta su muerte, para después beatificarlo y canonizarlo sin riesgos. El Padre Padilla fue enviado al convento de benedictino de San José, en Polotitlán, Hidalgo; sirviendo un retiro espiritual forzado. A los seis meses huyó del monasterio y volvió a aparecer en la Sierra de Chihuahua, ahora bajo el nombre de Crisanto Magdaleno, hombre de Dios y no de la Iglesia.

Su fama creció tanto, que la Iglesia no tuvo más remedio que dejarlo profesar dentro de sus templos, so pena de perder a una gran cantidad de creyentes. Esa misa, hace cuarenta años, era parte de una gira de reencuentro entre Crisanto y la Iglesia Católica. Él fue asesinado en San Juan de los Lagos, el veintitrés de julio de 1978, por un cartel de drogas; o al menos eso dice la historia oficial. Ahora es conocido como San José de Jesús Padilla “Crisanto”, santo de las causas pérdidas y de las comunidades olvidadas.

Hasta aquí parecía haber quedado todo, se vendían imágenes de Crisanto por montones y mi afección me impedía conducir automóviles o maquinaria pesada. Así, hasta mi cumpleaños treinta y tres, cuando sufrí un ataque epiléptico convulsivo al tiempo que le daba una mordida a mi pastel de cumpleaños, y mis amigos me sumían la cara hasta tocar la base de cartón encerado. Mis convulsiones me mostraron algo que antes no recordaba.

Después de haber baleado la suburban negra, los gatilleros abrieron las puertas para comprobar la muerte de Crisanto. De entre las vísceras y los cristales rotos, emergió el niño moreno de rostro inescrutable. Los sicarios cayeron de rodillas, sus armas rebotaron en el suelo cual botellas de refresco a punto de explotar. Hincados, lloraban y cruzaban sus manos en señal de estar rezando. El niño se abrió paso, sin mostrar asombro o miedo, y, una vez que encontró espacio abierto, comenzó a trotar, con pasos largos y cadenciosos, hasta perderse de vista.

El trance duró menos de un minuto. Los asesinos reaccionaron, levantaron sus armas y huyeron del lugar. La policía llegó, oportunamente, cuando ya todo se había terminado. Mi padre me arrancó de la reja y me llevó corriendo de regreso al carro, dónde nos reencontrábamos de nuevo con mi Mamá y Abuela. Su alivio al verme entero duró poco ante la preocupación de ser buscados como testigos por la policía. Huíamos, mientras todo se volvía borroso a mi alrededor. Desperté en el sillón, con el sabor a merengue y a cuero en la boca; alguien me había metido su cartera sudada tratando de evitar que me tragara la lengua.

Han pasado siete años y no he vuelto a tener otro ataque. Mi padre sigue negándose a hablar del tema, aunque la gran cantidad de detalles que le he proporcionado lo han dejado visiblemente consternado.

Hoy, lunes veintitrés de julio, se cumplen cuarenta años del asesinato de Crisanto, y me encuentro sentado en un café frente al atrio de la iglesia de San Juan de los Lagos, mientras inicia la misa en su memoria. Permanecen las oquedades en el muro y una pequeña efigie construida a la mitad de la calle, con el nombre original de Crisanto y de los seis niños que le servían de monaguillos. Solo los güeritos, el nombre del niño moreno no está inscrito.

El sol comienza a girar de su zenit al acercarse a la hora exacta del tiroteo. Me acercó a la efigie, dónde algunas personas dejan arreglos florales y prenden cirios gordos con la imagen del santo. Una familia coloca una fotografía de uno de los monaguillos güeros y rezan un rosario tomados de la mano. Observó a un hombre de esta familia que aparenta unos cincuenta años, y que no reza junto con el resto de su familia.

–Buenas tardes –me atrevo a decirle, mientras su familia reza el quinceavo Ave María. –Mi más sentido pésame, ¿era su pariente?–. El hombre me observa con desconfianza, tal vez a creído que soy alguna especie de reportero. –No pretendo ser imprudente, yo también estuve aquí hace cuarenta años, escondido detrás de esa reja. Mis recuerdos de ese día siguen siendo confusos y me atormentan, aún hoy –, me parece que siendo sincero puedo lograr obtener las respuestas que buscó. –Vine buscando personas que hayan estado aquí ese día y que me ayuden a poner en paz esos recuerdos –.

El hombre permanece callado, mientras me observa con recelo. Finalmente, se voltea y le habla a una mujer de unos setenta años, –¡Tía!, aquí hay alguien que quiere platicar contigo–, acto seguido me regala una sonrisa forzada y se aleja. La susodicha tía es una persona pequeña y delgada, con profundas arrugas en el rostro, pero unos ojos pequeños que muestran cierta picardía. –Dígame joven, ¿para qué soy buena? –. Repito mi historia y ella escucha atentamente. –No se si pueda serle de mucha ayuda, hace ya tantos años de esta tragedia, y todo pasó tan rápido. En esa época, la policía nos interrogó varias veces, pidiéndonos la descripción de los asesinos, pero yo solo pude ver a uno, el que disparo primero dentro de la iglesia. Yo me encontraba sentada en una de las bancas, habíamos tenido que llegar muy temprano para que nos asignarán esos lugares, y la única razón por la cual nos los dieron fue porque Gabrielito era uno de los monaguillos de San Crisanto –dijo, al tiempo que señalaba la fotografía en la efigie. — Todo ocurrió muy rápido, apenas había comenzado la misa, cuando un hombre de rostro rojo comenzó a disparar por encima de Crisanto, gritándole “hijo del demonio”. La policía quiso saber si el hombre le había disparado directamente a Crisanto, pero yo vi clarito como disparaba al techo. Uno de los disparos pegó contra los cristales de la cúpula.

–¿Recuerda usted a un monaguillo moreno, con rasgos indígenas? — preguntó, un poco desesperado ante lo largo de su relato.

–Sí lo recuerdo, aunque nunca supe su nombre. ¿Por qué la pregunta?

–No aparece mencionado por ningún lado.

–Nadie sabía su nombre, llegó con Crisanto de la Sierra de Chihuahua. Siempre me dio la impresión de que no sabía hablar español. En las muchas reuniones que teníamos con los grupos de oración, ese muchachito siempre permanecía aparte, ya sea en los jardínes o recluído en alguna habitación. Algunas veces hasta se nos olvidaba darle de comer, pero el nunca se quejaba.

–¿Encontraron su cuerpo el día del asesinato?

–No lo recuerdo… todo fue muy confuso. Incluso el cuerpo de Gabrielito estuvo tres días en el Ministerio Público antes de que nos lo entragaran para ser sepultado como Dios manda.

Le agradezco a la señora su amabilidad y busco a mi alrededor a otra persona que pueda darme razón. Una mirada pesada me observa desde la reja, dónde yo me escondía cuarenta años antes. El reflejo del sol en los parabrisas de los autos estacionados me impide distinguir bien la silueta, que al poco tiempo gira y sale corriendo, siguiendo un paso cadencioso. Parece que él sabe que yo lo he recordado y me vigila, esperando que saque a la luz su secreto.

Él es el verdadero elegido de Dios, el siervo que vino a salvarnos de nuestros pecados.

http://www.periodicolahora/Nacional/La-poblacion-raramuri-a-punto-de-la-extincion

Anuncios

Un comentario en “Crisanto Magdaleno

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s