El elevador

Siempre me ha dado miedo quedarme atrapado en un elevador.

Esos ataúdes metálicos que suben y bajan llevando almas en pena, están esperando pacientemente a un desafortunado para atrapar su alma por la eternidad. No importa si el tablero dice algún complicado nombre alemán o japones, yo no les tengo confianza a esos mensajeros modernos de la tortura medieval. Maldita la hora en que aterricé en esta ciudad, llena de rascacielos que se elevan por encima de las nubes de smog. En mi trabajo siempre tomo las escaleras, no me importan los quince pisos que subo y bajo diario, y me tiene si cuidado que los elevadores tengan techos altos, aire acondicionado y televisión

Mi infortunio es esa maldita reliquia del edificio de la calle Río Danubio; nunca, nunca, nunca, nunca vivas donde exista un elevador traicionero fabricado por una compañía que ya no existe: Sabiem, de seguro adoraban al demonio, ¿quién más construiría una caja de aluminio en el que apenas caben dos personas (aunque el tablero diga “capacidad máxima: seis personas”)? Esta bestia traicionera de los años setentas, sin un solo botón de emergencia y con un ventilador que solo funciona cuando el elevador está en movimiento, es la encarnación de mis pesadillas. Debí escuchar los gritos de miedo de mi cuerpo cuando el casero me invito a subir al tercer piso en este atúd, “¡de ninguna manera! Prefiero las escaleras”. Aunque debió de haber pensado que yo soy demasiado aprensivo, no tuvo reparo en rentarme el departamento, “si no le gusta usar el elevador no se preocupe, sólo son tres piso, el ejercicio le vendrá bien”, “yo no pienso utilizarlo nunca, aunque me encuentre en sillas de ruedas y con ganas de orinar”.

Pero no tenemos la disciplina de los alemanes y de los japoneses.

El ladino elevador siempre me esperaba abierto, estacionado afuera de mi puerta, como un pez linterna que espera a su presa con la boca abierta. La puerta de entrada a mi departamento es contigua al cubo del elevador, por lo que él puede observarme con detenimiento mientras yo saco las llaves y abro mi puerta. No puedo evitar sentir su mirada lasciva y su aliento que huele a aceite quemado en mi nuca; yo paso de largo y tomo las escaleras, aunque él se muestre impaciente por llevarme y luego me alcance en la planta baja, demostrándome que es más ágil y que yo soy un necio. Entre más tiempo pasa, el más me ruega, encendiendo su luz interior y fintándome, haciendo como que iba a cerrar sus puertas para ir por otro inquilino, como si mi acto reflejo fuera entrar dentro de él. Yo no caía en sus engaños, nada podía convencerme, hasta el día que ella se volvió parte de la trampa.

Su nombre es Estrella y tiene un aura que brilla como si fuera Denébola. Ella vive en el cuarto piso y siempre toma el elevador, que para su enojo y frustración, siempre se para en el tercer piso. Era inevitable que nos cruzáramos, y que ella me dijera “lo detengo para que te subas”; mi respuesta usual y hosca es un “prefiero las escaleras, gracias”, y al llegar a la planta baja, la veía caminando unos pasos adelante de mi, contoneando su silueta y deteniéndome la puerta de acceso al edificio; “¿también prefieres salir por la puerta de servicio?… Como las chachas“. Al sonrojarme, ya había perdido; ahora las mañanas son ansias por verla y volver a entablar algunas palabras. “¿Hoy si te piensas subir?”, “Perdón, prefiero las escaleras”, “Pues apúrate, que el elevador quiere echar unas carreritas y a mi se me está haciendo tarde”.

Una mañana ella toca mi puerta, “sabes, hoy tengo que llegar temprano, y no se que le diste al elevador que no se mueve del tercer piso hasta que tú sales, ¿podrías bajar aunque no estés listo, para que yo no llegue tarde?”, “Claro”, “Gracias”. La confianza aumenta con el tiempo y ahora a ella se le hace fácil tocar mi timbre para pedirme la clave del WiFi o para preguntarme si yo tengo agua caliente y si ella puede bañarse en mi regadera, “prometo no importunar, pero se me olvido cargar gas”, “Claro, pasa”.Un día llega con una pizza y dos cervezas, “vengo a pagar mis deudas, ¿tienes Netflix?”, “No”, “¿Tele?”, “Tampoco”, “Mmm… ¿pues que haces para entretenerte?”, “Leer”, “Mmm… eres raro. Bueno, pues vamos a mi departamento, allá cenamos mientra vemos Orange is the new black, ¿te gusta la serie?”, “Nunca la he visto”, “¡Vaya que eres raro!, bueno… vente, mientras la vemos te platico de que se trata”, y se sube al elevador; “te veo arriba”, le digo y me mira con cara de incredulidad, “¿me vas a dejar ir sola en el elevador, después de que te traje la cena?”, dudo… las manos comienzan a sudarme mientras me parece ver sonreír al elevador que finalmente me ha puesto en una posición incomoda. “¿Te dan miedo los elevadores?”, pregunta entre fastidiada y curiosa, “sí, en especial este”, digo sin preocuparme de cómo quede afectada mi imagen ante esta declaración; “lo peor que te puede pasar es que te quedes trampado conmigo adentro, y tengamos que comernos la pizza y beber las cervezas aquí apretados, mientras nos rescatan… y quién sabe que más tengamos que hacer para entretenernos”. La adrenalina me hace entrar y acercarme a ella; el elevador parecer reír de forma tétrica mientras cierra sus puertas y nos lleva un piso arriba. El traslado ocurre sin contratiempos y salgo tan rápido como puedo, olvidándome de detenerle la puerta o cederle el paso. “Lo tuyo no es miedo, es pánico, deberías de ver a un psiquiatra”, “Psicólogo… los psicólogos atienden las fobias de las personas que no estamos locos”, “¡Inocente que eres!, todos estamos locos, ¿no te habías dado cuenta?”.

Sigo sin saber de que se trata la susodicha serie, mal nos habíamos sentado cuando ya estábamos enredándonos sobre el sofá cama; era de madrugada cuando salí de su departamento y el elevador me esperaba de nuevo con las puertas abiertas. Yo opté por la escaleras (ni que se fuera a repetir el que yo lo use), el vuelve a ganarme llegando antes que yo y me hace un ruido extraño mientras abro la puerta de mi departamento; me parece un gesto de bravuconería, un “no le saques y éntrale, si eres tan macho”. Como es usual, trato de ignorarlo y me apresuro a abrir mi puerta, aunque las llaves se me derrapen por el copioso sudor que brota de mis manos; me aseguro de cerrar bien la puerta y lo oigo de nuevo bramar, haciéndome saber que no siempre voy a poder esconderme.

Las visitas de Estrella se hacen más frecuentes, y empiezo a levantarme más temprano para esperarla en el lobby y no tener que bajar con ella en el elevador; caminamos un par de cuadras juntos mientras escucho todas las ideas que salen agolpadas de su boca: los avances de sus series, sus ultimas compras, como la engaño su último novio con su hermana, como responde a los acosos comunes de su jefe y de sus compañeros de trabajo, su nueva rutina de gimnasio, sus ganas de viajar a Acapulco en vacaciones, entre muchos temas más entremezclados. Con los días, comenzamos a caminar tomados de la mano, comenzamos a besarnos de despedida, comenzamos a compartir más que una aventura.

No soy bueno para las relaciones personales, nunca me duran, y tiene que ver con algo más que solo mi fobia; suelo alejar a las personas de mí cuando se acercan demasiado, es un instinto de supervivencia retorcido. Me angustia pensar cuanto tiempo podre retenerla a ella antes de que eso pase, ¿podrías ser diferente esta vez? ¿Podré retenerla por más de un mes? El elevador planea algo, estoy convencido de eso, puedo escucharlo conspirar contra mí mientras duermo; él cree que yo no me doy cuenta, pero lo sé muy bien. No puedo dejar que el se entrometa entre nosotros, debo anticiparme y golpear primero; imagino que no debe ser tan difícil deshacerse de un elevador viejo en un edificio con un fondo de mantenimiento deficiente.

¿Cómo se destruye un elevador? Parece que hay mil formas posibles, empezando por un mal mantenimiento que puede iniciarse dejando de pagar la cuota mensual; pero en este edificio el elevador sigue funcionando a pesar de los escazos intentos que se hacen por pagar las cuotas. Otra forma es entrar en el cuarto de controles y desconectar el cerebro, lo cual puede hacerlo cualquier persona que tenga pulgares oponibles, siempre y cuando tenga acceso a este cuarto. Mis pesquisas me indican que solo el dueño del edificio tiene acceso a este cuarto, que está protegido por una puerta metálica y una chapa de alta seguridad en la azotea. Las opciones que quedan a mi alcancen solo pueden ejecutarse desde dentro del elevador, y la más fácil es rociar refresco en los botones del panel de control interno. El azúcar hará que se peguen y dejen de funcionar adecuadamente, lo cual, con algo de suerte, tendrá al elevador fuera de servicio un par de meses; tiempo suficiente para que Estrella y yo avancemos con nuestra relación y ella se desacostumbre del descorazonado cajón de hojalata.

Planeo llevar a cabo mi vandalismo el lunes, mientras que todos se encuentran fuera; pido permiso en el trabajo con la excusa de algún trámite y regreso a mi edificio con una botella de dos litros de refresco saturado de alta fructosa; para evitar sospechas, pienso vaciar la botella mientras el elevador está abierto en la planta baja. Pero hoy no se encuentra en la planta baja como otras veces, y por más que insisto llamándolo con el botón, no se aparece. Subo las escaleras, buscándolo en cada piso, hasta encontrarlo afuera de mi departamento, con la puerta entreabierta. Parece haberse apagado a medio cerrar y no reacciona con su usual luz de cortesía.

Dudo sobre que hacer mientras que las manos me sudan cual regaderas, ¿y si ya se descompuso solo? Tal vez ya no es necesario que yo haga nada, finalmente el tiempo ha alcanzado a mi aluminoso adversario y puedo retirarme tranquilo. Decido guardar la botella en mi departamento y me retiro contento, pensando en todo lo que voy a poder lograr ahora que el elevador ha tirado la toalla; al llegar a la planta baja, el elevador está ahí, con la puerta abierta y su burlona luz de cortesía. ¡Carajo! Me llenó de cólera y regreso a mi departamento por el refresco de cola; ¡no se saldrá con la suya!

Al llegar al tercer piso, lo veo de nuevo semiabierto y apagado, pero esta vez no me voy a dejar engañar; me apuro por la botella antes de que decida huir. Agito la botella y estiro mis brazos dentro de la oscuridad del elevador, hacia donde recuerdo que estan los botones. Al abrirla, el líquido me salpica y la botella se me resbala dentro, la oigo girar como si estuvieramos jugando “verdad o desafío”. Tengo que recuperarla antes de que todo el líquido se derrame en el piso y todo sea en vano; empujo la puerta para introducirme dentro y esta se vence de repente, haciendome caer dentro, hacia la infinita oscuridad del cubo del elevador.

Un olor a aceite quemado satura mi olfato, igual que cuando me quede atrapado con mi padrino en un elevador hace no se cuantos años: “este será nuestro secreto ahijado”. Escucho sus jadeos mezclados con el bramido del elevador, envolviendo mis últimos recuerdos.

https://www.periodicolahora.com/Tendencias/Tasa-de-suicidios-entre-adultos-que-sufrieron-de-abuso-en-su-niñez-es-del-80%

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